À grande vitesse

Una vez que el temporal se retira, se pueden observar los restos de la tormenta: hay de todo tipo, desperdigados por doquier. En ocasiones hay que ir a recoger los restos para disponer de ellos de la mejor manera posible y en otras, basta sólo con observar las consecuencias del destrozo, ya que de alguna manera, aquello que quedó desperdigado se moverá hacia alguna otra parte con el paso del tiempo.

Ayer precisamente hablábamos del sentido de urgencia que debería caracterizar la existencia humana, ya que sería un despropósito descomunal limitar la experiencia al ciclo de crecimiento y reproducción que caracteriza a todos los seres vivos. Y no lo digo con ninguna pretensión arrogante o de supuesta superioridad moral sobre aquellas criaturas que saben más que sobra cómo vivir dignamente. Los confundidos somos nosotros, que quede claro. Por tanto, el pasar la vida consumiendo, acumulando experiencias, siendo victimas de las emociones, sean las más sublimes o perversas o simplemente esperando a que pase el tiempo para que, con algo de suerte, aparezca algo «mejor», es una lamentable manera de afrontar la existencia, sin embargo, parece ser que es la más común y socialmente aceptada.

Aquel que por alguna razón o accidente del destino, se atreve a liberarse de las cadenas de la proverbial alegoría de la cueva y aventurarse más allá de las sombras amenazantes de aquella prisión auto-inflingida, es invariablemente tildado de loco, suicida, irresponsable, agitador de la paz social y cualquier otro adjetivo calificativo denigrante que se les ocurra. ‘Nadie debe alejarse de la manada porque no es aconsejable y resulta más bien peligroso para los demás», suele rezar la letanía repetida desde tiempos inmemoriales.

Más allá de creencias o convicciones de todo tipo, estoy seguro que hay un propósito mayor al de trasegar sin rumbo fijo, sometidos a todo tipo de distracciones desde el primer hasta el último día de la existencia, que, creo, cada uno tiene el deber de descubrir. No hablo de religiones, dogmas,  grupos organizados de cualquier tipo ni nada que se le parezca. Es más bien una especie de intención íntima y personal, que trasciende el adoctrinamiento al que somos sometidos desde muy temprana edad para evitar que lo podamos vislumbrar en algún momento. No es una vocación, inclinación, desarrollo de talento, facilidad de, o como quiera que se llame esa falsa «libertad de elección» que nos han vendido como el camino a seguir. Diria que la palabra que más se acerca, aunque quede a mucha distancia de lo que se quiere expresar, sería anhelo. Una especie de pulsión resistente a los cantos de sirena prevalentes cuyo unico objetivo es ahogar esa pequeña flama de autenticidad y verdad que llevamos dentro.

Y claro, vienen las siguientes preguntas, producto de la adicción a lo prescriptivo tan de moda en los últimos tiempos: Y cómo sé cual es? Y qué hago para verla? Cuestiones baladíes que no tienen más que el fin de seguirnos alejando de aquello que realmente importa.

Aquello que tiene más características de obsesión compulsiva, es aquello a lo que hay que prestarle más atención, porque posiblemente resulte lo más auténtico que experimentemos en el corto tiempo de la existencia material. Si ello nos incita a ir más allá de lo banal, a elevarnos por encima de lo cotidiano, que consideramos tan seguro y apetecible, tal vez sea un buen momento para ver hasta donde lleva la madriguera del conejo. Lo demás seguirá ahí, esperando pacientemente a que caigamos nuevamente en esa inercia mortal que nos aleja cada vez más de aquello a lo que más tememos y que tal vez sea lo que más importa. El miedo no se evita ni se combate: Hay que sumergirse en él para que pierda todas sus propiedades y conocer cómo funciona para entender todos los patrones que nos caracterizan y embrutecen sin que nos demos cuenta…