We are all Carol
Por estos días la idea prevalente es la de la infinita complejidad del ser humano, que ha surgido y se ha enriquecido (entre otras cosas) por las enormes limitaciones del lenguaje, sin importar de cual de ellos estemos hablando y las peculiares imposiciones sociales creadas para ir resolviendo temporalmente problemas que la misma sociedad que habitamos ha ido creando gracias a las múltiples contradicciones en las que hemos caído una y otra vez, gracias a nuestra naturaleza voluble y maleable. Si a ello le añadimos el factor preponderante del miedo, que se incentiva y quiere conservar a toda costa, tal vez como un medio de control social para lograr un cierto mantenimiento de la ilusión de la cohesión colectiva en la que decimos vivir, pero que en realidad, tal como comentaba Baumann en una de sus obras, es ya solo una inercia que terminará deteteniéndose de un momento a otro sin que nos demos cuenta (o por el contrario, con un caos sin precedentes), nos encontramos con unos resultados a todas luces ilógicos e impredecibles que hacen que las decisiones que tomamos, creyendo contar con el buen juicio de la experiencia, sean errores garrafales y lo más triste, repetitivos.
No importa que todos aquellos supuestos anhelos se hagan realidad de una manera aún mejor de la que hemos imaginado por largo tiempo: el resultado siempre será una perenne insatisfacción por tal o cual motivo; razones nimias que nos impiden apreciar lo que tenemos delante, así sea infinitamente superior a nuestros sueños mas calenturientos. Esa molesta presencia o voz que no se calla nunca nos dirá que está satisfecha: hará siempre su mejor esfuerzo por encontrar un problema, fallo o defecto, sin importar que la evidencia nos indique lo contrario.
El poder apreciar la calma de lo que ES, el famoso «momento presente» o como quiera que decidamos llamarlo, es la clave de una vida amena, sin embargo, se nos induce a pensar por activa y por pasiva que algo nos hace falta siempre y que debemos, por imperativo moral, trabajar arduamente para conseguirlo. El asunto es que cuando supuestamente llegamos a la meta, nos remitimos al párrafo anterior y volvemos a comenzar, convencidos de que esta vez si será la definitiva y así ad nauseam, dejándonos siempre con el mismo mal sabor de boca y menos ganas de simplemente observar lo que ocurre.
Y como colofón a este reflexión terminando el primer mes del año, si fueramos realmente conscientes del efecto que tienen nuestras acciones en el entorno en el que habitamos, por pequeñas o insignificantes que nos parezcan, nos detendríamos más seguido a reflexionar sobre cada paso que damos en este particular planeta…
